EDUCAR AL ESTILO DE JESÚS

Los tiempos que corren no son para cruzarse de brazos sino todo lo contrario. Nosotros, como educadores, hoy más que nunca, la realidad nos grita y nos demanda una práctica educativa que contribuya a la transformación de nuestro mundo para que llegue a ser más humano, más fraterno, más de acuerdo con el sueño de Dios.

Para ello, como educadores, apostamos por: crear relaciones de paz y concordia frente a la violencia; crecer en el aprecio de la sencillez y la belleza de la vida en un mundo complicado y de apariencia artificial; favorecer el consumo responsable frente a un mundo de competencia y consumismo insaciable; crecer en solidaridad, justicia y compasión, ante el individualismo y la indiferencia, tener una postura ética, comprometida y activa frente a la mala distribución de los bienes; promover una educación que humanice ante una cultura deshumanizante, acelerada por la tecnologización; formar a la apertura, tolerancia y aceptación de la diversidad en medio de una sociedad intolerante y excluyente; educar en interioridad, y criticidad en un mundo donde prevalece la superficialidad, el ruido y la indefinición; potenciar una conciencia ecológica comprometida con el cuidado de la creación, frente al deterioro de la naturaleza.

Somos educadoras por vocación y, como tales, estamos invitadas a crear en nuestros corazones y en toda nuestra integralidad, espacios de transparencia y de humanidad que nos lleven a vivir como Jesús, una acción educadora que transforme.

Si retomamos el pasaje del Evangelio de Marcos 3,1-6, de la curación del hombre de la mano paralizada, encontramos unos rasgos que nos invitan a reflexionar sobre nuestro actuar como educadoras.

Jesús entró de nuevo en la sinagoga y había ahí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: “Levántate ahí en medio”. Y le dice: “¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?”. Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: “Extiende tu mano”. Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle”.

Lo primero que hizo Jesús fue entrar. Como educadoras, no podemos quedarnos afuera de la realidad que viven nuestros alumnos. “Jesús entró de nuevo en la sinagoga”

Lo siguiente, es la importancia de percibirla, notarla, darse cuenta y partir de esa realidad. “había ahí un hombre que tenía la mano paralizada”, estaban también los fariseos que “estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle”. La realidad siempre es compleja y en ella encontramos distintas fuerzas y dinámicas en tensión.

Luego Jesús dice al hombre que tenía la mano seca: “Levántate ahí en medio”. Para Jesús lo que importa es la persona: saca al hombre de su marginación y lo pone en el centro.

Jesús le hace una pregunta: “¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?”. Es una pregunta más bien dirigida a los fariseos y las personas reunidas en la sinagoga. ”Pero ellos callaban”… Jesús nos muestra el valor de la pregunta, pone en la balanza la vida ante la ley.

Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón”… Como educadores no podemos evadir los sentimientos, son ellos una fuerza que bien llevados nos humanizan. Es importante educar con firmeza, con ternura y con amor.

Jesús le dice al hombre: “Extiende tu mano. Él la extendió y quedó restablecida su mano”. Aquí nos muestra Jesús la importancia de hacer ver a la persona lo que necesita sanar y que la propia persona sea la actúe.

  • En este texto, Jesús nos algunas líneas para nuestra práctica educativa: Entrar en la realidad y partir de ella.
  • Poner en el centro a la persona, incluirla en la comunidad
  • Discernir entre los valores que dan vida y aquello que produce la muerte
  • Escuchar nuestros sentimientos y nuestra propia vida, para educar con firmeza, con ternura y con amor
  • Permitir que la persona sea quien “extienda la mano”, quien asuma su realidad y su propio crecimiento.

Que Jesús nos muestre el camino en esta apasionante tarea de educar, de cuidar la vida, de hacerla crecer.

Luz Gutiérrez Hermosillo, rscj

Miembro de la Red de Educación CIRM

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